La birome, las huellas dactilares, el dulce de leche y, recientemente, el CeluVAR, se suman a la lista de inventos argentinos. En el fútbol argentino, donde operan 30 equipos en la Primera División, se han institucionalizado situaciones que suelen ser objeto de controversia, como la entrega de copas a través de decisiones administrativas más que deportivas y una próxima temporada que se presenta con ocho títulos en juego. Con este panorama, ha comenzado a desvanecerse la capacidad de asombro. Sin embargo, en una noche de octubre en Floresta, ocurrió una escena insólita en la Primera Nacional: el árbitro Nicolás Lamolina sancionó incorrectamente un penal a favor de Godoy Cruz. Ante este error, los jugadores de All Boys intentaron señalar la falta mostrándole un teléfono celular, y tras casi media hora de incertidumbre, la decisión original fue rectificada. Un nuevo escándalo en un entorno ya saturado de polémicas. El punto de discusión se desplaza más allá de Lamolina. Este árbitro, hijo de Pancho, forma parte de un grupo que es criticado más por sus flojos desempeños que por su supuesta tendencia a favorecer a los equipos de poder. Es relevante señalar que Lamolina ya había concedido un penal dudoso a los mendocinos y que su fallo en la segunda infracción fue erróneo, ya que se desvió medio metro. Sin embargo, es crucial reconocer que en la Segunda División no hay VAR disponible, que la iluminación de la cancha es deficiente y que la jugada se desarrolló en un sector complicado, alejado de la vista de los asistentes. La principal crítica hacia Lamolina recae en lo que ocurrió a continuación, durante esos 26 minutos de confusión en los que sucedieron muchas cosas y, a su vez, ninguna. Permitió que la tensión se filtrara entre los jugadores, así como entre los miembros del club local, prolongando una decisión que se preveía evidente pero que, a su vez, reflejó su falta de autoridad. Esta falta de control y decisión es lo que ha permitido que otros árbitros, como Nicolás Ramírez, se destaquen por tener una actitud más decidida en situaciones críticas, a pesar de contar con menos experiencia a nivel internacional. En el fútbol contemporáneo, es suficiente con poner una cara seria para parecer menos ineficaz, y contar con el VAR puede resultar un aliado invaluable. La ausencia de videoarbitraje para revisar la decisión impactó negativamente en Lamolina, quien dirigió en la Primera Nacional el mismo día en que Juan Cruz Robledo, un árbitro que debutó en la Primera División, recibió atención mediática. Este último había sido vinculado hace dos años al escándalo de Generación Zoe, siendo uno de los detenidos en la causa por estafas que llevaron a juicio a Leonardo Cositorto. Así, el fútbol argentino se ha convertido en un guion de una serie de Netflix que se vuelve sorprendente día a día. En la recta final del torneo Clausura y con tres semanas decisivas en la Primera Nacional, los cánticos desafiantes contra Chiqui Tapia sonarán en todas las canchas, especialmente cada vez que surja alguna duda sobre un saque lateral. Es crucial destacar que la mayor deficiencia en esta era de la AFA no radica únicamente en los arbitrajes, sino en el clima de desconfianza y sospecha que rodea cada partido. En este contexto de suspicacias, juegan todos los actores, desde los hinchas hasta los periodistas, pero es la dirigencia la que debe arrojar luz sobre las sombras que oscurecen el espectáculo. El mes pasado, el clásico de Manchester entre el City y el United se definió por un error arbitral que fue reconocido en redes sociales por las autoridades de la Premier League poco después. Allí, el asunto concluyó rápidamente. En cambio, en el fútbol argentino, la sensación que se percibe al final de cada jornada es que, con VAR o sin VAR, la sospecha sigue prevaleciendo.
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