Este panorama también impacta negativamente en los negocios, que luchan por mantener sus niveles de ventas, reabastecerse y asumir sus costos operativos.
Datos recientes de Scentia revelan que el consumo masivo cayó un 1% mensual en septiembre, lo que se traduce en un descenso interanual del 1,2%. En los primeros nueve meses de 2026, las ventas acumularon una baja del 2,7% en relación con el mismo período del año previo, y se encuentran 16 puntos porcentuales por debajo de los niveles de enero de 2023. Esta tendencia afecta tanto a supermercados y mayoristas como a autoservicios, aunque los almacenes tradicionales han mostrado comportamientos distintos según su localización y la naturaleza de sus clientes.
Fernando Savore, vicepresidente de la Federación de Almaceneros, nos comentó sobre un fenómeno cada vez más común: las familias gestionan sus ingresos mediante pequeñas compras casi diarias. “En cuanto al consumo, uno siente que el 20 es fin de mes. Y creo que ahí está la aclaración, no es que la gente deja de comer, sino que compra lo justo y necesario. Sé que también algunos no deben llegar literalmente, pero uno ve cómo hacen la compra mínima, lo que le llamamos la compra hormiga”, explicó Savore.
El deterioro en el consumo no es uniforme en todo el país; algunos almacenes enfrentan drásticas caídas en su clientela y facturación, mientras que otros encuentran oportunidades debido a la pérdida de competitividad de los grandes comercios. Sin embargo, la mayoría coincide en que los hábitos de consumo han cambiado: el precio, la cercanía y la posibilidad de adquirir pequeñas cantidades son cada vez más determinantes en las decisiones de compra de los hogares.
La compra hormiga ha cobrado gran relevancia en este nuevo contexto. En lugar de realizar grandes compras, los clientes solo adquieren lo necesario para sus comidas inmediatas. Savore enfatizó este cambio con un ejemplo habitual: “La compra hormiga es cuando entra un cliente y compra el paquete de fideos, un quesito rallado y un puré de tomate, nada más”.
Mario Aquino, comerciante de Parque Avellaneda, destaca que las ventas tienden a concentrarse en los días posteriores al cobro de salarios. “Acá el consumo está bastante caído, se ve siempre un poquitito entre el 10 y el 15 del mes, pero ya después del 15, el 20 ya no hay más dinero”, señaló.
Desde su experiencia, la afluencia al negocio ha disminuido alrededor del 15%, lo que también repercute en el stock de mercadería disponible. Los comerciantes señalan que la relación entre salarios, inflación y gastos fijos es crítica; a pesar de la desaceleración en los precios, las familias deben destinar gran parte de sus ingresos a servicios básicos.
“Lo que veo es que el salario, por más que la inflación haya desacelerado, no le alcanza a la gente. Y estoy hablando de familias que trabajan en blanco”, afirmó Savore, quien estimó que en algunos hogares los gastos obligatorios pueden consumir hasta el 40% del sueldo.
Los incrementos acumulados en productos cotidianos también han tenido un efecto negativo. Savore advirtió que incluso las subas menores impactan de manera significativa en quienes manejan presupuestos ajustados. “La mercadería va cambiando de precio, pasa que tal vez una suba de un producto de un 2%, un 3% no incide tanto, pero en la sumatoria y cuando el bolsillo ya está muy comprimido, implica demasiado”, resaltó, haciendo alusión a los recientes aumentos en productos lácteos, que no han sido acompañados por un ajuste acorde en los salarios.
Daniel Acuña, almacenero en Punta Alta, aportó una perspectiva diferente sobre el comportamiento del comercio. “La actualidad en los diferentes puntos de nuestro país es totalmente diferente porque hay algunos que la están pasando muy mal, otros que tienen días buenos y días malos y otros que realmente les está yendo muy bien”, indicó.
En su localidad, la caída de las grandes cadenas favoreció a algunos almacenes, ya que los consumidores prefieren resolver sus necesidades cerca de casa y comprar solo lo que pueden pagar al instante.
En cuanto a la búsqueda de opciones más económicas, esto ha llevado a una mayor presencia de segundas marcas y productos de pequeñas y medianas empresas en las góndolas, las cuales comienzan a desafiar el dominio de las marcas más conocidas. Por ejemplo, un pan lactal de aproximadamente 600 gramos puede costar hasta $6.000 en un hipermercado, mientras que una opción más económica de una pyme puede conseguirse por alrededor de $3.000, una diferencia de precio que explica el cambio en preferencias de los consumidores.
Savore consideró que estos cambios en las elecciones de los consumidores son consecuencia tanto de la disminución del poder adquisitivo como de las variaciones de precios entre diferentes fabricantes. “También cabe decir que son muchas las empresas que aumentaron de forma exagerada, que son generalmente los dueños de los grandes monopolios. Pero también se imponen cada vez más las empresas pymes, que en calidad muchas igualan a la primera marca, pero en precios las brechas son muy grandes”, apuntó.
Dado que los consumidores comprueban que estas alternativas económicas funcionan para satisfacer sus necesidades, pueden mantener este cambio en su comportamiento de compra.
Los datos de Scentia reflejan un retroceso en diversas categorías. Durante los primeros nueve meses de 2026, las ventas de productos de limpieza cayeron un 6,4%, los perecederos un 6,2% y los de desayuno y merienda un 5,6%. Se registraron descensos en productos impulsivos (3,1%), higiene y cosmética (2,1%) y bebidas sin alcohol (1,4%). En contraste, las bebidas alcohólicas crecieron un 3,5% y la categoría general de alimentación mostró un leve avance del 0,1%.
La reducción en el dinero disponible también revalorizó una práctica histórica en los almacenes argentinos: el fiado. Aunque nunca desapareció por completo, los comerciantes observan que algunos clientes recurren con más frecuencia a esta modalidad para completar sus compras antes de recibir su salario. Sin embargo, ofrecer crédito informal depende de la relación con los clientes y la capacidad financiera de cada negocio.
“El tema fiado nunca se fue de nuestros negocios. Hay momentos que se incrementa más, hay momentos que es menos”, aclaró Savore, quien subrayó que los almacenes no pueden sostener créditos prolongados, ya que generalmente se trata de un apoyo a corto plazo.
Los acuerdos de fiado pueden involucrar sumas entre $40.000 y $50.000, aunque extenderlos más de lo necesario puede poner en riesgo tanto la capacidad de pago del cliente como la viabilidad del comercio. Aquino confirmó que el crecimiento del fiado ha impactado directamente en la reposición de productos, lo que se traduce en una disminución de la liquidez por parte de los clientes.
La situación es distinta en localidades más pequeñas, donde las relaciones interpersonales facilitan los acuerdos informales. Acuña destacó que en Punta Alta es más probable recuperar el dinero prestado porque los comerciantes conocen a sus clientes y sus circunstancias. “En las pequeñas ciudades el fiado es mucho más cobrable, tenemos mayor tasa de cobrabilidad porque generalmente nos conocemos todos”, aseguró, subrayando el rol de los almacenes como espacios de encuentro comunitario.
El panorama general del consumo revela que no hay señales uniformes de recuperación. En septiembre, Scentia reportó caídas del 5,3% en supermercados, 6,7% en mayoristas y 1,8% en autoservicios independientes, mientras que el comercio electrónico descendió un 3,9%. Sin embargo, los kioscos y comercios tradicionales mostraron un crecimiento del 2,3%, y las farmacias avanzaron un 2%. En términos acumulativos anuales, los supermercados retrocedieron un 3,8%, los autoservicios un 3,1% y los mayoristas un 3,2%, evidenciando la persistencia de las dificultades.
El Semáforo de Consumo de la Fundación ECOSUR también mostró un comportamiento dispar entre sectores. En septiembre, los patentamientos de autos y motos crecieron un 4,6% y 3,5% mensual, respectivamente, y la confianza del consumidor presentó una mejora. No obstante, las ventas minoristas relevadas mostraron una disminución del 1,2% y los préstamos al consumo retrocedieron un 1%, lo que refleja que las mejoras en ciertos sectores no se trasladan a las compras diarias de las familias.
La caída de las ventas ha llevado a los comerciantes a replantearse sus estructuras de costos. Savore ilustró la situación diciendo: “Los comercios estamos pasando por un momento complicado, como todos. Yo pongo un número, 100, y yo necesito 100 de venta todos los días. Y estoy en 70, me faltan 30 para llegar a 100”. El problema se agrava debido a la carga de impuestos, tarifas y la necesidad de mantener un stock suficiente para satisfacer la demanda.
Acuña también advirtió que el avance del comercio electrónico y los altos costos operativos representan una amenaza, especialmente para los locales ubicados en centros comerciales tradicionales. No obstante, aseguró que los relevamientos informales realizados entre líderes y proveedores del sector no apuntan a un cierre masivo de almacenes. Según él, los negocios más pequeños pueden conservar ciertas ventajas debido a sus menores gastos, la proximidad con los consumidores y la capacidad de ofrecer atención personalizada.
La situación de los almacenes de barrio refleja un cambio que va más allá de la simple caída de ventas: las familias compran menos, comparan precios, optan por diferentes marcas y recurren al crédito informal para satisfacer necesidades básicas, mientras que los comerciantes luchan por mantener sus negocios con márgenes cada vez más reducidos. Aunque existen variaciones regionales, el principal obstáculo sigue siendo la capacidad de compra de los hogares. Sin una recuperación sostenida de los ingresos disponibles, la desaceleración de la inflación por sí sola no asegurará que vuelvan a llenarse las bolsas de los consumidores ni las cajas de los almacenes.






















