Emilce Cuda se ha consolidado como una de las figuras argentinas más influyentes en el debate que aborda la intersección entre religión, política, trabajo y economía dentro de la Iglesia Católica. Como teóloga laica y especialista en moral social, Cuda es secretaria de la Pontificia Comisión para América Latina (PCAL) del Vaticano. Este cargo le fue conferido por el papa Francisco, quien también le permitió trabajar directamente con el cardenal Robert Francis Prevost, el anterior presidente de la comisión, que ahora es conocido como León XIV. En una reciente entrevista, Cuda comparte sus reflexiones y anticipa los principales ejes del próximo viaje papal a Argentina, programado entre el 8 y el 11 de noviembre. “El Papa no es un líder político. El mensaje de León XIV, como habría sido el de Francisco, será uno de reconciliación”, enfatiza. La trayectoria de Cuda se ha centrado en una pregunta fundamental: ¿Cómo debe responder la Iglesia a las realidades sociales y económicas de los sectores más vulnerables? Ha estudiado e interpretado una rica tradición de pensamiento latinoamericano que pone al frente a los trabajadores en situación de pobreza, priorizando la dignidad humana, la justicia social y la participación activa de la ciudadanía. Durante su visita a Córdoba, donde recibió el título de doctor honoris causa de la Universidad Católica de Córdoba, también participará de un conversatorio organizado por esa misma institución y ofrecerá una clase en la Universidad Provincial de Córdoba. Cuda es doctora en Teología por la Universidad Católica Argentina (UCA), ha cursado estudios en Filosofía en la Universidad de Buenos Aires y ha dado clases en economía y negocios. A fines de 2022, fue nombrada por el papa Francisco como parte de la Pontificia Comisión para América Latina y, más recientemente, León XIV la nombró consultora del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso. En la charla, Cuda reflexiona sobre su rol en la Santa Sede. “Es un premio, algo inesperado; estar en la Santa Sede es un privilegio. Sin embargo, tengo que aclarar que no soy una embajadora de la Argentina ante la Santa Sede. Trabajo para la Santa Sede, y tengo que ocuparme de toda América Latina, no solamente de Argentina. Esto incluye a Sudamérica, Centroamérica y el Caribe”, explica. Al abordar su llegada a la Curia Romana durante el pontificado de Francisco, Cuda relata: “Él fue quien me convocó. No lo conocía personalmente, solo por ser el arzobispo de Buenos Aires, pero no había trabajado con él aquí en este país.” Cuando se le pregunta si su trayectoria en la Comisión Pontificia para América Latina y su colaboración con el cardenal Prevost la convierten en un puente entre dos papados, Cuda aclara: “No soy un puente entre dos pontífices, porque eso me pondría en un lugar protagónico. Estábamos allí, y Prevost fue elegido Papa. Lo relevante es comprender que la Iglesia es global. Todos los que trabajamos en ella, sin importar nuestro país de origen, somos parte de esta Iglesia. La finalidad de la Curia Romana es conectar el territorio con el Papa.” Además, Cuda define su experiencia con Prevost como “muy comprometida” y comenta sobre la estructura de la Santa Sede, resaltando que los dicasterios funcionan como los ministerios de un país, y que el prefecto actúa como un ministro. En el Dicasterio para los Obispos, donde se designan las autoridades eclesiásticas, funciona la misión de la Comisión para América Latina. “La peculiaridad nuestra es que solo América Latina cuenta con una comisión de este tipo; no existe una similar para los otros continentes. Esto responde a las particularidades históricas de nuestra región, en algunos momentos más difíciles que en otros”, añade Cuda. La visión del papa Francisco, y luego del cardenal Prevost como presidente de la Comisión, ha sido que su objetivo debe ser el cuidado de la vida y el desarrollo de las iglesias particulares en América Latina, como se estipula en la Constitución de la Curia Romana, Praedicate Evangelium. En este sentido, Cuda señala que promover y practicar la doctrina social de la Iglesia y el Evangelio no debe ser interpretado como un liderazgo político opositor. Cuando se le pregunta sobre la importancia de América Latina dentro de la Iglesia, Cuda afirma: “Cuando hablamos de Iglesia, no solo nos referimos al clero, como muchas veces se considera, sino a todo el pueblo de Dios. América Latina tiene una relevancia particular dentro del catolicismo; allí reside la mayor cantidad de católicos, y Brasil tiene la conferencia episcopal más grande del mundo, con cerca de 500 obispos. Además, nuestro continente ha aportado pensamientos teológicos nuevos que, a diferencia de lo que sucedió en otros lugares, han sido integrados en la práctica. La Iglesia en América Latina tomó en serio los cambios propuestos en el Concilio Vaticano II, organizándose tanto en su clero como entre el pueblo de Dios a partir de esa nueva visión propuesta por los obispos en 1965. Cuando se le consulta sobre los ejes comunes promovidos por la Comisión para América Latina en una región tan diversa, Cuda menciona un programa llamado “Construyendo Puentes” (Building Bridges). “Cuando llegué a la Santa Sede, Francisco me pidió que conectara las Américas. Hay una noción de patria grande latinoamericana, pero también de una América unida, porque enfrentamos muchas problemáticas comunes que solo podremos resolver si aprendemos a caminar juntos”, explica. Detalla que el programa establece tres tipos de puentes, comenzando por el primero, que abarca la conexión entre universidades. “Se ha desarrollado un vínculo que va desde Canadá hasta Argentina y de Brasil hasta Perú. Allí se han realizado muchas actividades, no sólo académicas, sino también en otros ámbitos”, señala. La segunda conexión, según Cuda, es con el mundo laboral, e indica que el 12 de septiembre se llevó a cabo en el Vaticano una gran reunión, tras cinco años, que reunió a líderes de las centrales sindicales de tres continentes, así como a presidentes de cámaras de comercio y representantes de organismos internacionales, como la Organización Internacional del Trabajo. “La idea es reunirlos a todos en una misma mesa. Esta tarea de la Comisión para América Latina está directamente relacionada con la vida del pueblo. La ‘vida buena y en abundancia’, como enseña Jesús en el Evangelio, requiere colaboración. Como un profesor en Luján dijo, ‘el milagro hay que hacerlo’. No se trata de esperar pasivamente a que sucedan las cosas, sino de crear las condiciones para que ocurran. América Latina y todas las Américas poseen una riqueza extraordinaria, no sólo natural, sino también humana e intelectual”, prevalece Cuda. Al ser preguntada si en un mundo convulsivo, en el que algunos líderes parecen más inclinados a gritar que a dialogar, se vuelve más difícil construir consensos, Cuda comenta: “No estoy segura de que esto se deba solamente a los líderes que gritan. Es más una cuestión de cultura. Actualmente vivimos en un contexto cargado de agresión, y no es fácil solicitarle a la gente que no sea hostil. La presión económica es un factor que afecta a todo el mundo. En nuestra región, estamos enfrentando un alto grado de endeudamiento. Todos tenemos problemas económicos, aunque no tengamos deudas en un simple almacén. Las deudas que afronta un país son una responsabilidad colectiva y las asume cada uno de sus habitantes. Cada niño que nace en América Latina ya llega con una carga de deuda. Esa deuda se salda de manera indirecta, poco evidente, pero uno de sus síntomas es la pérdida de paciencia y la agresividad en la gente. Por lo tanto, decir simplemente que tenemos que tratarnos con amor no basta. Es necesario avanzar hacia soluciones institucionales.” Luego, se le consultó cuáles son esos posibles caminos. Cuda sostuvo: “La Iglesia no posee esas respuestas, pero puede facilitar el diálogo. Luego depende de cada uno de los que se sientan en esa mesa el poder mantenerse en el diálogo. León XIV mencionó algo crucial en su discurso del 12 de septiembre: ‘Hay que saber sentarse con quienes tienen intereses y necesidades distintas, pero también tener la firmeza de no levantarse de la mesa, aunque lo que se escuche no sea de agrado’. La gente vive presionada por deudas, y nuestra región está totalmente endeudada. Cuando se habla de eso, se refiere a la carga que asumimos todos. Cuda enfatiza que la continuidad entre Francisco y León XIV es esencial, recordando que es un proyecto que se inició con Francisco y fue acompañado por Prevost cuando fue nombrado cardenal y prefecto, y que ahora sigue con León XIV en su pontificado. Sin embargo, reconoce que en Argentina, cada vez que la Iglesia plantea estos tópicos, suelen surgir interpretaciones desde una perspectiva política. “Durante el pontificado de Francisco, esto se acentuó más, pues se hacía hincapié en que era un Papa argentino”, explica. Al mencionar la reflexión del cardenal Ángel Rossi, que afirma que “nos perdimos a Francisco porque nos quedamos con los gestos y no con el verdadero sentido de sus acciones”, Cuda manifiesta su acuerdo. “Es un pensamiento importante: es fundamental no quedarse con lo superficial, sino comprender el contenido profundo de su pensamiento”, señala. Sobre cómo la Iglesia responde a quienes interpretan sus propuestas como posiciones partidarias o alineadas con alguna corriente política, Cuda responde: “El planteamiento de León XIV es el del magisterio de la Iglesia. A diferencia de otras confesiones y expresiones cristianas, la Iglesia Católica no se limita a atender a los pobres; cuenta con un corpus doctrinal sólido. Esto es fundamental en el magisterio actual y en la nueva encíclica. Como cristianos, ayudamos. La ayuda proviene de las colectas, que son un pilar en la historia de las iglesias. Pero el catolicismo es mucho más que eso. Si bien puedo ayudar a un vecino, el catolicismo promueve la institucionalización de esa solidaridad. La solidaridad también se manifiesta a través de instituciones.” Al ser indagada sobre qué implica esa institucionalización, Cuda explica que “la ética teológica busca establecerse como ley. Hay ejemplos concretos en la historia reciente, en la participación del catolicismo en la conformación de los sindicatos y su acompañamiento en las luchas por derechos que hoy disfrutamos todos, incluso aquellos que critican a los sindicatos. Uno de esos derechos es el descanso semanal pago. Esas luchas implicaron sacrificios de vidas y fueron respaldadas por sacerdotes. No obstante, el compromiso no queda limitado a sacerdotes y teólogos; muchos economistas, políticos y médicos también actúan basándose en principios católicos y cristianos, especialmente en lo que respecta a la doctrina social de la Iglesia. Esta doctrina no se reduce a ayudar a quien se tiene al lado, sino que busca mecanismos para organizar la sociedad, concibiendo al Estado como un bien común. Ahora, ¿se ha banalizado el concepto de bien común?” La teóloga sostiene que “no siempre se le da un sentido claro y específico. Aquellos economistas que se adhieren a estos principios crearán planes económicos, mientras que los científicos se enfocarán en planes de investigación. Los sacerdotes y teólogos, por su parte, promoverán el Evangelio a través de los instrumentos del magisterio social. La Iglesia no se sienta a la mesa con el objetivo de presentar soluciones políticas o económicas específicas.” Cuda también comenta sobre cómo se traduce esta doctrina en políticas concretas y asegura: “Necesitamos un programa alternativo, que actualmente se presenta en la encíclica Magnifica Humanitas, de León XIV. Este documento ofrece un programa cultural. No es un programa político ni económico, pero sin él, ningún tipo de programa político o económico podrá concretarse de manera efectiva. Se requiere esa cultura. A esta transformación la llamamos conversión: hay que volver a convertirse. No es suficiente con modificar ciertas decisiones o estructuras si no existe una transformación cultural que sostenga esas modificaciones.” Al ser cuestionada sobre si los desafíos actuales son mayores, Cuda resalta: “Siempre han sido grandes. Jesucristo fue crucificado. El camino del Evangelio es uno de sacrificio. La valentía consiste en enfrentarlo y estar dispuesto a ofrecer la vida por los demás. Eso fue lo que hizo Jesucristo, e intentamos seguir su ejemplo. No es sencillo.” Finalmente, se le pregunta sobre cuál será el mensaje que León XIV proporcione a Argentina. Cuda afirma: “El mensaje de León XIV, como habría sido el de Francisco, es esencialmente un mensaje pontificio. Siempre invoca la reconciliación. Esto es relevante, ya que existen diversos sistemas éticos, pero la ética teológica y la ética católica no tienen como fin juzgar qué es lo bueno o lo malo. Su objetivo es buscar el camino de la reconciliación. Este es el propósito fundamental de un sacerdote y de su prédica, en la medida de lo posible. No somos dioses y hacemos lo que podemos. Tampoco hay que condenar a quienes no pueden hacer más de lo que ya están haciendo. La reconciliación se erige como el objetivo central de la prédica y de la ética católica, algo que León XIV ha reiterado en múltiples ocasiones. Él tiene claro que su labor consiste en buscar la reconciliación entre las personas.” Al ser indagada sobre cómo evita la Iglesia caer en la trampa de asociar su mensaje con una ideología o partido político, Cuda señala: “El Papa no es un líder político, independientemente de los intentos por colocarlo en esa posición. No me refiero únicamente a Argentina, sino en un contexto global. En tiempos de crisis de representatividad, existen intentos de posicionar al Papa como un líder de la oposición. Pero esa no es la figura de un pontífice. Ni Francisco ni León han deseado eso. Es necesario moverse, como un boxeador en un ring, para evitar que lo coloquen insistentemente en esa posición. El Papa no será eso. Su labor es buscar la reconciliación. Por ello, el mensaje será uno amoroso y orientado hacia la reconciliación. Promover y practicar la doctrina social de la Iglesia y el Evangelio no debe interpretarse como la construcción de un liderazgo político opositor. También es importante considerar que la recepción del mensaje papal dependerá de quienes lo reciban en América Latina”, menciona Cuda. “Desde luego, no es exclusivamente responsabilidad del Papa, ni de León, ni habría sido solo de Francisco. También depende de la grandeza de la comunidad católica en Argentina para abrirse a ese mensaje, y acompañar la generación de un discurso nuevo. Esto no implica renunciar a una postura política, ya que es importante mantener una posición, pues la política es una de las formas más elevadas de la caridad. Sin embargo, como católicos, tenemos el deber de trabajar en la construcción de una civilización del amor, como propusieron aquellos pontífices que impulsaron esa idea. Finalmente, sobre el contexto en el que León XIV llega a América Latina, Cuda reflexiona: “Es una América Latina que enfrenta un mundo que busca un nuevo orden a partir del caos. Esto ocurre en la historia cada vez que se producen saltos tecnológicos o cualitativos. Todo lo que percibimos y a lo que le asignamos distintos significados vinculados con el mal, lo diabólico o la corrupción, no es suficiente para definir la realidad que vivimos. Por eso, la encíclica se presenta como ‘doctrina social de la Iglesia en tiempos de Inteligencia Artificial’. Este fenómeno representa no solo un salto cuantitativo, sino uno cualitativo. Esta transformación está poniendo a prueba las herramientas que antes eran eficaces para estructurar la sociedad. Esta es una dificultad global, no solo latinoamericana.” Cuda también añade: “Se podría decir que América Latina es el continente con la mayor desigualdad económica. Sin embargo, debemos reflexionar sobre las repercusiones de un sistema económico que, como decía Francisco, está matando a través de desastres naturales. Las inundaciones no discriminan y afectan a todos. Algunos de nosotros padecemos deudas, y hoy todos enfrentan esa realidad, pero también estamos amenazados por esta crisis tanto ecológica como social. No es un problema que sea exclusivo de América Latina. No obstante, este continente sigue siendo uno de paz; nuestros pueblos suelen ser pacíficos. Si contemplamos lo que está sucediendo en Europa, podemos reconocer nuestra particularidad. América Latina tiene mucho que ofrecer al mundo, así como la capacidad de organización que aún necesita desarrollar. Esta es, sin duda, una tarea pendiente para nuestros pueblos.
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