Palantir representa la cúspide de una flota de innovaciones tecnológicas surgidas en las últimas décadas, pero también plantea serios desafíos para la ética y la moralidad humanas. La compañía, con una visión cínica, sostiene que “La decadencia de una cultura sólo se perdona si genera crecimiento económico y seguridad”. Además, afirman que “Para que las democracias prevalezcan se requiere poder duro, y el poder duro en este siglo se construirá sobre software”.
No obstante, la conexión entre Milei y Palantir podría estar, por fortuna, en un momento inoportuno. No solo porque la actual ofensiva del fascismo tecnológico parece estar menguando, sino también porque la cumbre celebrada en Buenos Aires entre el deseo de poder y las capacidades tecnológicas puede carecer de sustancia. Los halagos de figuras como Thiel resultan previsibles, representando a una élite ideológica que busca amalgamar el mercado, el estado y la sociedad, redefinidos ya no por la cohesión social, sino por una interpretación técnica de la realidad.
El creciente desafío que representa esta cumbre será más bien una experiencia insípida, pues aunque Milei podría acceder a esos recursos que son cruciales para su visión, las condiciones actuales no parecen favorecer su utilización; un cambio en esta dinámica no necesariamente significará un giro absoluto, podría ser solo un paréntesis en su búsqueda de poder, lo que deja un atisbo de incertidumbre, aunque no del todo inverosímil.
El peligro que podría emanar de esta reunión, en relación a la libertad y la república democrática, ya no reside en un quiebre institucional repentino, sino más bien en la disposición de Milei a avanzar por un sendero de captura progresiva del poder, culminando finalmente en un cambio cualitativo.
Milei y Palantir prometen, bajo un prisma de democracia, la construcción de un poder robusto basado en software. ¿Realmente democrático? El desequilibrio informativo que permitiría a este poder conocer más sobre nosotros que nosotros mismos se traduciría en un control abrumador.
Sin embargo, parece que esta pesadilla podría estar comenzando a dispersarse; es posible que Milei no disponga del tiempo político necesario para realizar cambios significativos entre un evento y otro. Pero, ¿se habrá diluido todo este potencial? Persisto en que no es tan sencillo. La ley de acceso a la información pública sigue suspendida, y hemos aceptado esta situación con indiferencia. Este contexto actúa como una emblemática metáfora de una concepción del poder que tiende hacia el totalitarismo.
























