Al desembarcar del avión, recibió un mensaje de su mejor amiga, avisándole que un hombre aguardaba por su novio. Al mirar, notó que dos conocidos estaban conversando con agentes de Migraciones, quienes estaban vestidos de civil.
“En ese momento pensé que me había salvado, ya que nadie se había dirigido a mí. Pero en cuestión de minutos, un agente se acercó para preguntarme mi nombre y apellido, y se me nubló el pensamiento”, relató la joven de 26 años.
Los agentes exhibían una hoja con una copia de su pasaporte. Martina solicitó cinco minutos para ir al baño, desde donde comenzó a avisar a sus allegados sobre lo que sucedía. Poco después, los oficiales le informaron que debía acompañarlos.
A sus amigos les colocaron esposas, aunque a ella no. “Estaba muy nerviosa y todos los agentes eran hombres. Desde el primer momento manifesté que quería irme, que podía pagar mi pasaje de regreso a Argentina y que aceptaba mi salida voluntaria”, recordó.
Martina había ingresado a Estados Unidos como turista, pero permaneció más tiempo del autorizado. La decisión de quedarse más tiempo estuvo influenciada por la vida que había construido en Hawái, donde tenía amigos, una relación y un lugar donde se sentía a gusto.
“Era consciente del riesgo al asistir al Mundial. Sabía que podía enfrentar problemas, ya que conozco historias similares, pero no imaginé que pasaría 17 días detenida”, explicó.
Su intención era viajar a Europa diez días después, por lo que decidió realizar un último viaje dentro de Estados Unidos para ver a la Selección. “Quería estar allí. Pensé: es el último Mundial de Messi, un partido contra Inglaterra, un encuentro histórico. Si hubiese conocido el desenlace, probablemente habría tomado otra decisión.”
Desde el aeropuerto en Phoenix, fue trasladada a un centro migratorio ubicado a unos 15 minutos. Allí le informaron que debería pasar la noche, luego que permanecería una semana.
“Cuando me dijeron una semana, se me cayó el mundo. No podía creerlo”, recordó la argentina. Sin embargo, ese plazo se extendió, primero a ocho días, luego a diez y finalmente a 17.
Durante las primeras 48 horas, asegura que estuvo incomunicada. Su familia y amigos comenzaron a buscar ayuda y se pusieron en contacto con el consulado argentino, pero la respuesta siempre fue la misma: había que esperar.
Los primeros tres días fueron los más difíciles para ella. “Fue un infierno. Estuve incomunicada, sintiendo frío y hambre”, sostuvo. En su celda compartió espacio con una mujer que venía de una cárcel y cuyo caso también estaba en manos de las autoridades migratorias.
Lo que más la afectó fue la incertidumbre sobre su liberación. “Yo era solo un número más. A nadie le importaba lo que me estaba pasando”, expresó. Dado que no comía, fue derivada a una consulta con especialistas en salud mental. Una frase que escuchó allí alteró su forma de sobrellevar el encierro.
“Me dijeron: ‘Debes comer porque si no lo haces, te vas a morir. Y si mueres, a nadie le importa aquí’. Me di cuenta de que si no hacía algo para sobrevivir esos días, nadie lo haría por mí”.
Durante su detención, convivió con mujeres de diversas nacionalidades que enfrentaban procesos migratorios. Algunas, como relató, habían estado ya en prisión por otros delitos y esperaban que se resolviera su situación para ser expulsadas. También escuchó testimonios de mujeres que estaban buscando asilo.
“El miedo más grande que experimenté fue la incertidumbre. No saber cuánto tiempo iba a estar allí y sentirme completamente sola”, resumió Martina.
Finalmente, tras 17 días, regresó a Argentina. No recibió una deportación formal, sino que le cancelaron la visa estadounidense, quedando imposibilitada de regresar por un periodo que aún intenta definir.
El retorno fue abrupto. Su computadora, maleta y casi todas sus pertenencias quedaron en Hawái.
“Llegué a Argentina con tres camisetas de la Selección, dos camisetas del Dibu y dos polleras, mientras hacía 15 grados”, recordó. Detrás de esa anécdota, se encuentra una sensación que aún le cuesta asimilar: “Siento que me arrancaron de lo que consideraba mi hogar.”
Martina declara que ama Córdoba y que una parte de ella se alegra de haber vuelto, pero no de esta manera. “Me siento bastante perdida. Tengo la necesidad de reinventar mi vida”.
También asume su responsabilidad. “Pueden coexistir dos verdades. Yo excedí mi estadía, y como cualquier persona que entra a otro país, tenía la obligación de respetar las normas”, subrayó. Sin embargo, considera que eso no limita el debate sobre las condiciones de las detenciones migratorias.
“No quiero verme como una víctima. Asumo mis responsabilidades. Pero una cosa es el cumplimiento de una normativa migratoria y otra es cómo se ejerce ese poder, durante cuánto tiempo, en qué condiciones y con qué derechos”, concluyó.
Ahora, narra su experiencia con humor, una herramienta que reconoce utilizar para procesar lo vivido. Incluso bromea al decir que la detención resolvió un asunto pendiente: “Ahora al menos tengo que superar a mi ex, porque me forzaron al contacto cero”.
Sin embargo, cuando se aparta del humor, su advertencia es clara: a quienes se encuentren en Estados Unidos con el periodo de permanencia vencido, les aconseja que “conozcan las leyes y sean conscientes de los riesgos”. Afirmó: “Las personas migrantes siguen teniendo derechos, dignidad y derecho al debido proceso. No creo que debamos normalizar que, por infringir una norma migratoria, cualquier modelo de detención o trato sea automáticamente justificado.”





























