Los investigadores indican que la combinación de bacterias, virus y hongos presentes en el líquido seminal podría afectar las posibilidades de conseguir un embarazo. De hecho, hallaron que un desequilibrio en estos microorganismos está vinculado con abortos espontáneos y una menor tasa de partos exitosos tras tratamientos de reproducción asistida.
Ida Behrendt-Møller, médica y primera autora del estudio, señala que el aspecto más relevante de esta investigación es su intento de romper con el sesgo que ha condicionado previamente el estudio del microbioma en relación con la infertilidad. “Se han realizado numerosas investigaciones sobre el microbioma vaginal, pero pocas han abordado el seminal. Hasta ahora, estos estudios eran escasos y de tamaño reducido”, comentó la investigadora danesa.
El trabajo se llevó a cabo con parejas que recibieron atención en dos hospitales universitarios de Dinamarca y analizó simultáneamente los ecosistemas microbianos vaginal, intestinal femenino y seminal masculino. Los hallazgos sugieren que alteraciones específicas en el microbioma del semen y del intestino femenino están asociadas con mayores tasas de abortos espontáneos y un menor potencial de lograr un nacimiento exitoso tras tratamientos de fertilidad.
El microbioma vaginal, a pesar de haber sido el más estudiado hasta la fecha, no mostró una relación consistente con el nacimiento, lo que no implica que carezca de relevancia. Behrendt-Møller enfatizó que, aunque solo se han detectado asociaciones hasta ahora, aún no se ha podido demostrar una relación causal.
Investigaciones previas ya habían conectado ciertas alteraciones bacterianas en el microbioma vaginal con un mayor riesgo durante la implantación del embrión. La teoría sostiene que un microbioma alterado podría afectar la implantación y el mantenimiento del embarazo a través del aumento en el riesgo de infecciones o mediante la activación de una respuesta inmunitaria en la mujer.
Pernille Neve Myers, bioinformática y colaboradora en el estudio, destacó que el proyecto se formuló para probar esta relación. Dado que las parejas intercambian microorganismos de manera constante, es plausible que también compartan microbiomas que incidan en la reproducción. “Sabemos que las parejas pueden contagiarse VIH y otras infecciones durante el contacto sexual. Por tanto, ¿por qué no podrían intercambiar también bacterias beneficiosas o potencialmente perjudiciales?”, señaló la investigadora.
Las participantes incluyeron parejas que se sometieron a tratamientos de fecundación in vitro o inyección intracitoplasmática de espermatozoides y aquellas con antecedentes de pérdidas gestacionales recurrentes, con un seguimiento que abarcó nueve años.
El proceso fue extenso debido tanto al tiempo requerido para reclutar a las parejas, muchas de las cuales enfrentaban momentos emocionalmente difíciles, como por el alto costo y la complejidad de los análisis de secuenciación genética. “Estas personas atraviesan situaciones complicadas, pero aún así desean participar para contribuir a mejorar los tratamientos en el futuro”, explicó Behrendt-Møller.
Más de 350 mujeres y cerca de 200 hombres de dos cohortes independientes con problemas de infertilidad o abortos recurrentes fueron parte del estudio. Las mujeres tenían entre 18 y 41 años, y sus parejas masculinas, 18 años o más.
Los análisis revelaron que los casos en los que el perfil bacteriano del semen se asemejaba al de la vaginosis bacteriana experimentaron un mayor tiempo para lograr un nacimiento y un aumento en el riesgo de pérdidas gestacionales. En aquellas parejas que se sometieron a fecundación in vitro, solo el 57% de quienes presentaban ese perfil logró un nacimiento viable, en contraste con el 85% en aquellos sin dicho patrón. Además, el riesgo de pérdidas gestacionales se elevó en ambas cohortes.
Los expertos identificaron una condición llamada disbiosis seminal. “Sabemos qué bacterias son consideradas dañinas en la vagina, así que buscamos si esas mismas estaban presentes en el semen y si podían impactar negativamente en el microbioma femenino”, explicó Behrendt-Møller. No obstante, los mecanismos exactos que podrían estar en juego aún no están claros. “Esto podría influir en la implantación o en el mantenimiento del embarazo a través de la exposición de la mujer al microbioma seminal durante las relaciones sexuales”, sugirió la médica.
El siguiente paso consistió en examinar el microbioma intestinal femenino. “Nuestro intestino desempeña un papel significativo en la salud general, modula la respuesta inmunitaria, el metabolismo y las hormonas, factores que pueden relacionarse con la fertilidad”, aclaró la autora principal.
Las mujeres con un microbioma intestinal “más alterado” mostraron menores probabilidades de concebir. “Sabemos que la fertilidad disminuye notablemente después de los 35 años, pero hallamos que aquellas con un microbioma intestinal menos alterado tenían mayores posibilidades de quedar embarazadas”, añadió Myers.
Se especula que esta situación podría vincularse con la inflamación, el metabolismo o la regulación inmunitaria, aunque se requiere una mayor investigación. “Aún debe establecerse si ajustar el microbioma puede aumentar las posibilidades de embarazo”, advirtió Behrendt-Møller.
La investigadora solicitó cautela. “No recomendaría el uso de antibióticos, ya que aún no tenemos certeza de si realmente modificarían el microbioma del hombre o la mujer ni si realmente mejorarían los resultados reproductivos”, enfatizó. “Del mismo modo, no podemos afirmar que una dieta específica incrementará las probabilidades de embarazo basándonos en este estudio”, agregó.
Belén Acevedo Martín, médica en una unidad de reproducción asistida en Madrid, coincidió en mantener una actitud cautelosa. “No podemos considerar esto como la solución definitiva a la infertilidad”, advirtió la experta en ginecología y obstetricia, quien no participó en el estudio.
A su juicio, los resultados deben ser validados en poblaciones más amplias y diversas, dado que el estudio se realizó exclusivamente con pacientes daneses. “La composición del microbioma puede variar según la dieta, el origen geográfico y la genética. Todos los participantes provenían de un mismo país y sabemos que existen diferencias considerables entre diversas poblaciones”, recordó.
Asimismo, consideró necesario comparar estos perfiles con los de personas fértiles que experimentaron embarazos sin complicaciones. “Podemos detectar alteraciones en pacientes que sufrieron abortos, pero necesitamos establecer si esas mismas alteraciones están presentes en mujeres que no tuvieron problemas en sus embarazos”, insistió.
A pesar de las limitaciones, destaca que el estudio representa un avance significativo. “Hasta ahora, casi toda la investigación se había centrado en el microbioma vaginal”, concluyó. “Este trabajo aborda a la pareja como una unidad que comparte microorganismos”, agregó.
Históricamente, la medicina reproductiva se ha enfocado en comprender la fisiología femenina, una deuda que se ha ido corrigiendo tras siglos de exclusión de las mujeres de la investigación biomédica, pero aún persiste un sesgo en el enfoque. Behrendt-Møller señala: “Aunque una alta proporción de pacientes en clínicas de fertilidad recibe tratamiento por causas masculinas, a menudo seguimos centrando la atención principalmente en la mujer.”





























