¿Qué estarías dispuesto a sacrificar por tu libertad? ¿Estarías dispuesto a arriesgar tu vida por ella? Esta cuestión, que parece ser más teórica que práctica, es la que plantea el nuevo documental. ‘Pupy, el precio de la libertad’ narra los últimos días de una elefanta que pasó más de tres décadas cautiva en un recinto de aproximadamente 3000 metros cuadrados en un zoológico de la ciudad, un espacio insuficiente para un animal que pesa tres toneladas. El documental que se estrena hoy es la primera parte de una serie de dos capítulos, que concluirá la próxima semana con la historia de Kshamenk, una orca que llegó a Mundo Marino tras quedar varada y que pasó 33 años en los estanques del parque. Al inicio del documental, Pupy se prepara para un viaje que se asemeja mucho a la libertad. Su destino es un santuario ubicado en Mato Grosso, Brasil. Allí la espera una vida rodeada de otros elefantes, en un entorno con abundante vegetación y corrales amplios. La cuidadora de Pupy, Bárbara Hermann, la acompaña en esta travesía; ella tiene un tatuaje de la imagen de Pupy en su antebrazo y ejerce su oficio con amor y respeto. —Los animales me generan cosas que las personas no —comenta Bárbara. —¿Por qué? —Porque me resultan absolutamente honestos con lo que son y con lo que sienten. Son transparentes y esa transparencia solo la encontrás en los animales. Pupy te enseñaba mucho con los ojos y con la postura del cuerpo. Pupy, a quien considera su “preferida”, era mansa, contemplativa, dócil y reservada. —Yo siempre fui una persona muy ansiosa, pero al trabajar con Pupy aprendí a relajarme y a disfrutar. Estar con ella me cambiaba el ánimo. Nos protegíamos una a la otra —rememora. La odisea de Pupy y Bárbara se extiende durante cinco días y abarca 2700 kilómetros hasta el santuario. Una vez allí, Pupy inicia un nuevo capítulo de su vida, rodeada de otros elefantes en una sabana tropical llena de vegetación exuberante, ríos caudalosos y un delicioso aroma a mango. Sin embargo, un giro inesperado sucede. La salida de Pupy del Ecoparque porteño simboliza un cambio radical en la percepción que los seres humanos tenemos sobre nuestra posición en la naturaleza. Desde su apertura en 1888, los elefantes fueron una de las mayores atracciones del zoológico. Infinitas generaciones de niños se acercaron a ese espacio, con reminiscencias de un templo hindú, en Palermo, para observar a los animales comer, bañarse o mover la trompa tras las rejas. La partida de Pupy marcó el final de esa era.
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