Este cambio se produce en un contexto de deterioro de las relaciones comerciales con Estados Unidos, que recibe cerca de dos tercios de las exportaciones canadienses. Carney considera que depender tanto de ese mercado constituye una vulnerabilidad y está decidido a diversificar las rutas comerciales, las inversiones y las cuestiones de seguridad.
Delegados de Canadá y la Unión Europea mantienen negociaciones para una integración informal que permita el acceso a segmentos estratégicos del vasto mercado único europeo, valorado en 21 billones de dólares. Las discusiones se centran en sectores clave como la energía, la inteligencia artificial, los minerales críticos, los semiconductores y la defensa.
De concretarse esta alianza, se profundizaría el intercambio bilateral de bienes, servicios y fuerza laboral. Se ha incluso considerado con Francia la posibilidad de que ciudadanos canadienses puedan establecerse y trabajar en Europa sin necesidad de visado.
Además, se prevén iniciativas para conectar ambos territorios a través de cables submarinos y desarrollar conjuntamente centros de datos, infraestructura en la nube y redes satelitales, todo con el propósito de disminuir la dependencia tecnológica de las empresas estadounidenses.
Carney también está interesado en aumentar las exportaciones energéticas hacia Europa, facilitando la construcción de nueva infraestructura para redirigir el gas destinado actualmente a Estados Unidos. Ottawa también está evaluando la apertura de rutas marítimas en el Ártico para el transporte de fertilizantes y planea expandir la cooperación en los ámbitos científico y educativo.
El sector militar constituye otro aspecto fundamental de esta renovada estrategia. Canadá está en negociaciones para adquirir submarinos alemanes, con un valor estimado de 25 mil millones de dólares, en un esfuerzo coordinado entre diplomáticos de ambas partes para reducir la tradicional dependencia de equipo militar proporcionado por Estados Unidos.
“Canadá está pasando de considerarse una nación norteamericana a una nación transatlántica”, afirmó un alto funcionario del gobierno canadiense.
Sin embargo, a pesar del impulso diplomático y la buena voluntad, el plan se enfrenta a complejos desafíos políticos y económicos. Un ejemplo significativo es el acuerdo de libre comercio firmado hace una década entre Canadá y la UE, que aún aguarda la ratificación definitiva de diez Estados miembros de la Unión Europea.
El fortalecimiento de los vínculos requerirá concesiones difíciles por parte de Canadá, como la adopción de normativas comunitarias, la apertura de fronteras migratorias y posibles contribuciones al presupuesto europeo. Estas medidas representan cuestiones políticas delicadas tanto para la administración federal como para los gobiernos provinciales de Alberta y Quebec.
Cabe señalar que Europa probablemente no podrá sustituir, en el corto plazo, el volumen de comercio que Canadá mantiene con Estados Unidos. Es posible que pasen varios años antes de que se pueda apreciar un cambio notable.























