Sin embargo, esta calma es ilusoria.
A través del ventanal del asiento 17C, pueden observarse las áreas donde el alud ocasionó uno de los desastres más severos en la reciente historia de Nepal. La enorme calma de los picos eternamente cubiertos de nieve contrasta con el desasosiego que se sintió horas antes en el distrito de Nuwakot. En los pueblos cercanos al río Trishuli, donde la geografía cambia a montañas más bajas y valles verdes, ya no se respira quietud.
El trayecto hacia el epicentro de esta tragedia empezó en Katmandú, la capital. Aunque la distancia no supera una hora, el abrumador tráfico y las precarias condiciones de la única carretera de acceso transforman el viaje en una travesía de más de tres horas. La ruta es sinuosa y peligrosa; desde que la camioneta 4×4 abandonó las estrechas calles urbanas y se adentró en la montaña a través de Kakani, no hubo momento en que el vehículo no se moviera de lado a lado, como un barco en alta mar. Pequeños arroyos de agua de deshielo cruzaban el camino pavimentado, como parte del paisaje natural.
La ruta carece de doble mano, señalización y barandas, lo que aumenta la peligrosidad, dado que un deslizamiento podría arrojar cualquier vehículo varios metros al abismo. Las nubes bajas y las lloviznas ocasionales complican aún más la conducción, incluso para los locales.
Katmandú se sitúa a aproximadamente 1400 metros sobre el nivel del mar. El trayecto nos llevó a alturas de hasta 2000 metros antes de descender hasta unos 500 metros, acercándonos al valle del Trishuli. Las colinas subtropicales emergen a medida que nos aproximamos al río Tadi Khola, un afluente que a simple vista no aparenta ser el responsable del horror al que nos dirigimos.
El entorno es cautivador, lo que acentúa la tragedia. Es difícil imaginar que en un lugar donde las terrazas de cultivos de arroz se aferran a los montes y los niños regresan a casa descalzos y con uniforme escolar, el desastre haya dejado tal huella. Apenas unos kilómetros más allá, niños de la misma edad son buscados por perros entrenados para detectar cuerpos enterrados.
Al entrar a Bidur, todo cambia abruptamente. Es como si un telón se levantara de golpe. La devastación fue instantánea y cruel. El relato de que la exuberante vegetación se convirtió en un paisaje gris es exacto, no una metáfora. Donde antes corría el río Trishuli, ahora hay un lodo gris y pesado, mezclado con objetos destrozados: muebles, vehículos, escombros, bicicletas, y, lamentablemente, vidas. Bajo esta capa de barro, hay alrededor de 5000 personas aún no rescatadas, con casi nulas esperanzas de ser encontradas.
Desde un puente elevado, vimos el panorama devastador. El río, que avanzó y dejó su marca hasta 500 metros por encima de su cauce normal, volvió a la normalidad, revelando la desolación provocada por la ola del 26 de agosto. La urgencia de comenzar a informar desde ese lugar se apoderó de mí, siempre consciente de que otra avalancha podría materializarse. No se trató de un terremoto, sino de un desprendimiento glacial que formó una represa artificial, conteniendo agua por 19 horas hasta que el sedimento sucumbió, inundando la región en 30 minutos. Existen reportes de al menos dos acumulaciones que podrían repetir la situación, una de las cuales ya comenzaba a drenar.
La verdadera realidad, sin embargo, no estaba en el puente. Estaba en las familias que examinaban lo que quedaba de sus hogares, buscando algo que no estaba allí. Descendí hacia el lecho del río, presionado por un impulso inmotivado, y fui golpeada por un nuevo horror: el olor. La fetidez del barro que se acumulaba cerca del cauce era insoportable. Se intensificaba por la humedad, el calor del mediodía y el humo de fogatas cercanas, muchas de las cuales eran parte de rituales en honor a los difuntos. Esta descomposición representa no solo una amenaza inminente sino también latente para los sobrevivientes. La contaminación del agua y la posible propagación de enfermedades son preocupaciones centrales.
Durante 40 minutos recorrí lo que quedaba de edificios. Intenté vislumbrar la intimidad de lo que alguna vez fueron sus interiores, encontrando a padres, hermanos y amigos en una escena desgarradora. Algunos, completamente abrumados, intentaban recuperar algo entre el lodo; otros, con temor, subían escaleras derruidas en busca de pertenencias que pudieran haber sobrevivido.
Una escoba de paja asomaba entre los escombros, símbolo de la lucha de un hombre que, durante días, intentó desenterrar el piso de su cocina. A su lado, su hijo traía baldes de agua oscura para aflojar el lodo. ¿Cuánto tiempo estarían así? ¿Podrían regresar a vivir allí, sin paredes, con una estructura comprometida? La angustia de un testigo ajeno a su dolor se hacía palpable.
En semanas recientes, se había mencionado una “casita verde”. Presuntamente, una vivienda casi milagrosa, merecedora de eventual peregrinación y por la que se hicieron decenas de entrevistas a expertos para explicar por qué había sido la única superviviente frente a decenas de otras arrasadas completamente por la ola. Sin embargo, al investigar, descubrí que la fama de la casa era discordante con la realidad. Algunas residencias, aún más próximas al cauce del río, mostraban daños mucho menores. La famosa casita verde había sobrevivido más por pura fortuna que por su construcción. Las fantasías y mitos a veces son necesarios para encontrar algo de consuelo en medio de la tragedia, pero en este caso, resultaron ser solo eso: ilusiones.
Al ingresar a la vivienda, un pequeño destello de esperanza asomó en medio del lodo que cubría casi la mitad de las paredes. Encontré algunos brotes verdes, casi imperceptibles, que emergían del barro en la penumbra absoluta. No los vi en ninguna otra casa. Tal vez la ilusión colectiva, no importa cuán errónea, dotó de fuerzas a quienes siguen luchando por reconstruirse.
La zona afectada por el alud se encuentra completamente aislada. El agua se llevó consigo 40 puentes y pueblos enteros quedaron desconectados de abastecimientos de alimentos y medicinas. Algunos kilómetros más adelante, donde antes había un camino, ahora hay agua. Donde existía un cruce sobre el río, ahora se han establecido tres tirolesas de emergencia, dos de las cuales transportan de un lado a otro jaulas con varias personas. Este lugar se ha convertido en el epicentro de rescate y contención para quienes, a casi un mes de la riada, se encuentran prácticamente atrapados. Antes, se tardaban 15 minutos en recorrer la distancia en auto; hoy, ese mismo trayecto demanda hasta nueve horas. La única forma de cruzar es a través de los frágiles cables de acero inscriptos en un sistema que debería salvar vidas si alguien cae al agua. Los botes de rescate, aunque todavía allí, empiezan a escasear, lo que complica las labores de asistencia.
Existen áreas donde el lodo ha formado tal cantidad de sedimentos que ha creado arena movediza. Los perros se mueven más fácilmente a través de estos terrenos que los militares que los acompanan. Han sido, sin lugar a dudas, los verdaderos héroes de la jornada: responsables de haber devuelto a sus seres queridos a muchos de los que permanecen atrapados bajo el barro. En el tiempo que estuve en la zona, un golden retriever logró localizar a seis personas.
Del otro lado del río, una serie de columnas de humo señalaban los rituales de cremación de quienes han sido reunidos en la muerte con sus familias.
Mi atención se vio igualmente afectada por la forma en que la tragedia es abordada por los nepalíes. Mientras muchos corrían para ayudar y recoger información, los locales mantenían una calma sorprendente. En ceremonias, recitaban oraciones o simplemente meditaban ante imágenes de aquellos que faltan. Su reacción se manifiesta muy diferente de la que podríamos esperar en una tragedia similar.
Muchos niños también permanecen al margen: del templo y, en algunos casos, del sentido de lo que allí acontece. Se acercan a los extranjeros para practicar su inglés, idioma que solo conocen los escolarizados en la región. Un grupo de niñas de ocho o nueve años se abalanzó hacia mí para preguntarme quién es mejor, si Messi o Ronaldo. Intenté mostrarme incrédula ante la cuestión, y, tras una breve pausa, respondí “Messi”. Se rieron entre ellas, y una de ellas sacó un caramelo de su bolsillo, insistiendo tres veces en que lo aceptara. Hasta el día de hoy, guardo ese caramelo sin haberlo probado.























