Durante una pausa en el ensayo, Sandro se acercó a Oscar y le lanzó una pregunta que Alan guarda en su memoria: “¿Tu hijo también toca?”. La respuesta fue rápida: “Sí, le encanta tocar ‘Dame fuego’”. Pocos minutos después, Alan se encontró detrás de la batería, interpretando junto a los músicos de Sandro.
“Probablemente no comprendía la magnitud de lo que estaba viviendo ni el impacto que tendría ese recuerdo dos décadas después. Esa imagen se quedó conmigo: yo tras la batería, mi papá al lado y Sandro enfrente”, recordó en una charla.
Con el tiempo, Alan se convirtió en un baterista profesional, participando durante años en el tributo a Sandro de Fernando Samartin. Tocar las mismas canciones que habían formado parte de la carrera de su padre era un ciclo que parecía natural. Sin embargo, la pregunta más compleja surgió: ¿podía forjar su propia historia?
“Me di cuenta de que necesitaba descubrir quién era Alan como músico, más allá de ser ‘el hijo del baterista de Sandro’”, compartió. A pesar de su admiración por su padre, vivía el peso de una comparación constante. “Quería aprender de mis propias decisiones y ver hasta dónde podía llegar sin depender de su legado”.
Así es como, hace tres años, decidió mudarse a Estados Unidos, donde comenzó a involucrarse en la vibrante escena musical de Los Ángeles, conectando con otros artistas y poco a poco construyendo su carrera. Algunos compatriotas en la ciudad le brindaron las primeras oportunidades.
En Los Ángeles, Alan fundó Live Session Jam, una comunidad de encuentro para músicos y artistas, que logró reunir a cientos de participantes. Con el tiempo, consiguió trabajos como músico de sesión y otras oportunidades, incluida su participación en la grabación de batería y percusión para la serie de Prime Video La casa de los espíritus, donde incorporó sonoridades sudamericanas.
Uno de los discos en los que colaboró recibió una nominación en los Hollywood Independent Music Awards.
La distancia lo ayudó a redefinir incluso su relación con el legado familiar. Al visitar a sus padres en Los Ángeles, estos pudieron ver la vida que él había construido desde cero. “Ahora siento orgullo por de dónde vengo. Lo que ha cambiado es que estoy forjando mi propio camino”, afirmó.
Dos décadas después de aquella prueba de sonido, Alan evoca la imagen de su niñez: un niño detrás de una batería, su padre junto a él y Sandro frente a ambos. En ese momento, no podía imaginar que la música lo llevaría a distancias tan lejanas ni que necesitaría recorrer miles de kilómetros para encontrar su espacio.
Hoy, desde Los Ángeles, esa escena ha adquirido un nuevo significado. Alan ya no busca escapar de la historia de su padre ni demostrar que puede definir su propio camino. Ahora tiene el suyo. Al ver a sus padres disfrutar de su música y su trayectoria, siente que, de alguna manera, el círculo se cierra: aquel niño que observaba a su papá desde un costado del escenario finalmente ha encontrado su propio rincón en el mundo.











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