“Las personas creen que ser filósofo implica vivir en la pobreza, que estás algo descuidado y que necesitas aislarte en una cueva”, indicó con tono humorístico. Sin embargo, rápidamente orientó la conversación hacia un punto más profundo, afirmando: “Cualquier persona puede pensar, reflexionar y acercarse a la filosofía”.
Para Balmaceda, esta oportunidad cobra aún más relevancia en un mundo donde la tecnología brinda acceso inmediato a información, y la inteligencia artificial puede responder casi cualquier pregunta de forma instantánea.
Recordó su formación en tiempos donde buscar información requería un esfuerzo considerable; había que localizar un libro, buscar al autor y consultar diversas fuentes. Hoy, en cambio, gran parte de ese proceso se puede realizar desde un teléfono.
Sin embargo, esta agilidad trae consigo un nuevo desafío. “La sobreabundancia de información plantea la necesidad de contar con criterio”, advirtió. Así, subrayó que saber dónde buscar ya no es suficiente, siendo crucial distinguir qué información es útil y confiable, además de determinar cómo emplear lo que encontramos.
La paradoja contemporánea es que, a medida que obtenemos más respuestas, se hace aún más urgente cultivar nuestra capacidad de pensar. La inteligencia artificial tiene un papel vital en esta dinámica. Balmaceda propone que no podemos concebir la tecnología como algo separado de la sociedad.
“No hay ningún aspecto de la tecnología que no esté conectado con la sociedad, ambas evolucionan de manera interrelacionada”, explicó.
Frente a la fascinación que suscita la inteligencia artificial, estableció un límite que considera esencial: “Siempre hay que recordar que la IA es una máquina”. Para él, uno de los retos en el futuro será hallar un balance entre utilizar estas herramientas y no cederles la totalidad de las funciones que antes desempeñábamos por nosotros mismos.
“Los humanos tienden a delegar”, comentó. El verdadero inconveniente surge cuando esta delegación va más allá de ser una asistencia y empieza a suplantar habilidades que aún necesitamos practicar. “Lo disruptivo es reincorporar el acto de pensar, evitando que nuestros músculos cerebrales se atrofien”, argumentó.
El diálogo sobre tecnología llevó a Balmaceda a reflexionar sobre el poder de las grandes plataformas digitales. “Estamos en un momento inusual, donde las corporaciones influyen en nuestro conocimiento más que el Estado”, destacó.
Con una declaración contundente, resumió: “Las empresas como Meta conocen más sobre mí que el propio Estado”. Esta afirmación refleja un cambio profundo en la relación entre los ciudadanos y las plataformas digitales, que no solo presentan contenido, sino que además registran intereses, búsquedas y conductas, construyendo perfiles cada vez más detallados de los usuarios.
Para Balmaceda, reflexionar sobre la tecnología también implica cuestionar su lugar en nuestra vida diaria y cuánto de nuestras decisiones estamos delegando a sistemas que poco entendemos.
El filósofo también abordó algunos de los prejuicios más comunes en torno a la filosofía, como la idea de que su función se limita a formular preguntas sin respuestas. “Uno de los entendimientos erróneos más comunes es que en filosofía solo hay preguntas sin respuestas. La realidad es que existen muchas respuestas, al menos una para cada ser humano”, aclaró.
Otro de los mitos es pensar que el individuo no tiene valor por sí mismo. “Nadie piensa en soledad”, enfatizó. Para explicar esta noción, recurrió a la clásica metáfora de estar ‘parados sobre los hombros de gigantes’. “En cada pensamiento hay personas que nos han transmitido conocimientos, experiencias y preguntas a lo largo de la historia”, añadió.
Así, la filosofía también conlleva un reconocimiento de que nuestras ideas no surgen en el vacío y que pensar implica un diálogo con quienes nos precedieron. Por ello, para Balmaceda, la filosofía puede transcender aspectos culturales, especialmente en una época marcada por la inmediatez. “La filosofía es contracultural”, definió.
En un contexto dominado por el avance tecnológico, el filósofo reivindicó una herramienta más tradicional: los libros. Reconoció que la lectura digital tiene su validez, pero insistió en la importancia de regresar al formato físico y de reservar momentos de concentración alejados de las distracciones digitales.
“Es positivo leer en formato digital, pero volver a los libros es lo más beneficioso. Alejarse del celular y evitar las notificaciones que nos saturan es esencial”, propuso.
La cuestión no radica en rechazar la tecnología, sino en recuperar la habilidad de enfocarnos en una única tarea durante períodos prolongados. En un entorno donde una notificación puede cortar una lectura, una conversación o incluso un pensamiento, dedicar tiempo a la lectura se convierte en un acto de reivindicación de la atención.
Finalmente, abordó el resurgimiento del estoicismo, una filosofía que ha cobrado nuevo interés en las discusiones actuales. Mencionó a Marco Aurelio y un concepto crucial de esta corriente: la capacidad de distinguir entre lo que está bajo nuestro control y lo que no.
“Debo preocuparme solo por lo que puedo cambiar”, afirmó. Aunque la frase parece simple, conlleva una perspectiva renovada para enfrentar los desafíos diarios. Existen situaciones injustas, decisiones ajenas o hechos sociales que escapan a nuestra influencia. Reconocer esta realidad no implica aceptar que todo está bien, sino entender dónde vale la pena invertir nuestra energía. “Cuando te enfocas en lo que puedes modificar, recibes una dosis de realidad respecto a cualquier cosa”, concluyó.




























