Valentino, de seis años, es estudiante del Colegio de la Santa Cruz y vive con parálisis cerebral infantil, una condición que afecta su movilidad y el habla. Utiliza una silla de ruedas postural y requiere asistencia para sus actividades diarias.
La docente, sin alterar el protocolo del acto, colocó la bandera sobre los brazos de Valentino, permitiéndole sostenerla junto a un compañero y participar en un momento por el que había sido seleccionado.
La mamá de Valentino, Arantxa Olmos Salgado, recordó la emoción que sintieron al presenciar la escena: “Fue algo que jamás vamos a olvidar”. Este gesto trasciende la empatía; también representó la oportunidad para que su hijo ejerciera su derecho a participar en una ceremonia como cualquier otro niño.
Todo comenzó semanas atrás, cuando Valentino fue elegido para arriar la bandera en su colegio, un reconocimiento reservado para los alumnos con buen desempeño académico. “Para nosotros fue un orgullo enorme que lo hubieran elegido”, sostuvo Arantxa.
Durante la ceremonia, mientras los alumnos entonaban Saludo a la Bandera, llegó el momento de arriarla. Dado que Valentino no podía bajarla solo, una docente de primer grado tuvo una idea sencilla: apoyó la bandera sobre sus brazos para que pudiera sostenerla con un compañero.
La familia experimentó una emoción inesperada durante el momento. “Fue algo que jamás vamos a olvidar. Como mamá, me atravesó por completo. Verlo participando con tanta naturalidad se convertirá en un recuerdo que atesoraré para siempre”, compartió Arantxa.
Para ella, la escuela no alteró el acto, sino que encontró una manera de incluir a su hijo dentro del protocolo. “No cambiaron el acto por su presencia. Simplemente, hallaron un modo de que pudiera participar”, afirmó.
La familia sabía que Valentino había sido seleccionado, pero no sabían cómo se resolvería la situación. “Cuando vimos a la docente nos emocionamos muchísimo. Fue una adaptación tan natural que casi pasaba desapercibida”, narró Arantxa.
Valentino se incorporó al Colegio de la Santa Cruz gracias a su hermana mayor, quien ya era alumna allí. La familia buscaba que pudiera compartir su infancia con otros niños y vivir la experiencia escolar. “Nuestro mayor deseo era que pudiera crecer en un entorno escolar inclusivo”, recalcó su madre.
El pequeño fue el primer alumno con parálisis cerebral en la institución. Esta situación generaba incertidumbre tanto para la familia como para la escuela, pero lograron avanzar juntos.
“Había inquietudes de ambos lados, pero desde el primer momento vimos algo más importante que las dificultades: encontramos personas dispuestas a escuchar, aprender y preguntarnos”, subrayó Arantxa.
La escuela nunca le negó la posibilidad de estudiar ni participar en actividades. Al contrario, buscaron alternativas que se adaptaran a sus necesidades. “Dedicaron esfuerzos para que él pudiera integrarse, respetando sus tiempos y no dejándolo fuera de la vida escolar”, describió.
El acto no solo fue significativo para Valentino, sino que emocionalmente involucró a toda su familia: “Lo vivimos con una inmensa gratitud. Todos estábamos profundamente emocionados”.
Ella interpreta lo sucedido como más que un momento conmovedor: fue una oportunidad para que Valentino se sintiera parte de su grupo y compartiera con sus compañeros un reconocimiento que merecía por su esfuerzo escolar.
“En nuestra vida enfrentamos constantemente desafíos, así que esos momentos tienen un valor significativo, y este fue uno de ellos. Lo vimos participar, sentirse incluido y compartir el honor con sus pares”, explicó.
Arantxa también resaltó la importancia de que su hijo sea reconocido por lo que es y no por su discapacidad. “Creo que todos los padres de niños con discapacidad soñamos con esto: que primero vean al niño y luego su diagnóstico. Ese día Valentino no fue ‘el nene con parálisis cerebral’, fue el alumno que arrió la bandera”, sintetizó.
El video del acto no solo muestra un instante emotivo; puede inspirar a otras instituciones a acoger a estudiantes con discapacidad. Antes de llegar al Colegio de la Santa Cruz, la familia tuvo que lidiar con numerosas negativas.
“Ellos tampoco tenían todas las respuestas ni las adaptaciones necesarias para Valentino. Era el primer alumno, pero eso no fue motivo suficiente para decir que no. Fuimos construyendo juntos”, afirmó Arantxa.
Para ella, esta experiencia resalta que la inclusión no exige tener todas las soluciones desde el principio, sino la voluntad de buscar opciones y aprender a lo largo del proceso: “La inclusión no comienza cuando la escuela tiene todo en orden, sino cuando se decide abrir la puerta y decir: ‘Aprendamos juntos’.”




























