“El problema era que, cuando no sabes quién es tu donante, podés imaginar que es todo el mundo”. Así lo expresa Arthur Kermalvezen, quien fue concebido mediante donación de esperma y durante años se sintió rodeado de posibles padres desconocidos. “Me imaginaba que podría ser mi profesor, la gente que veía en el autobús… y me enfadaba mucho porque es imposible vivir así”. Todo cambió cuando conoció a Audrey, otra persona concebida de la misma manera en París, lo que planteó la interrogante de si eran en realidad medio hermanos. El momento de su encuentro fue descrito por Audrey como “amor a primera vista”, pero la undécima duda pesaba: ¿era una atracción romántica o genética? En el momento en que nacieron, París contaba con solo dos bancos de esperma y muchos hombres realizaban múltiples donaciones, incrementando la posibilidad de un vínculo de sangre. Antes de dar el siguiente paso en su relación, la pareja necesitaba respuestas. Sin embargo, las estrictas leyes francesas sobre las pruebas genéticas y el anonimato de los donantes complicaban su búsqueda. En el país galo, solamente un científico, un médico o un juez puede ordenar y supervisar un test genético, mientras que poseer un kit casero puede llevar a sanciones económicas de hasta más de US$4.288. Esta normativa ha impedido que empresas como 23andMe y Ancestry comercialicen sus kits en Francia. Los defensores de esta ley, en vigor desde 1994, sostienen que protege datos genéticos sensibles y previene conflictos familiares por resultados inesperados. Sin embargo, Arthur apunta que Francia es el único país europeo que penaliza el uso de tales pruebas. La conexión entre ambos surgió gracias a una campaña conjunta, y aunque Audrey se enteró de su concepción por donación de esperma tras revelaciones de sus padres, su formación en Derecho, con especialización en bioética, la hizo comprender que la legislación garantizaba el anonimato del donante, incluso después de su muerte. No obstante, Audrey fue concebida en 1979, antes de que esta ley existiera. Al buscar personas en su misma situación, encontró a Arthur, quien había escrito un libro sobre su deseo de esclarecer sus orígenes biológicos. La conexión fue inmediata, pero la incertidumbre sobre sus lazos familiares se volvió apremiante. Tras meses de indagaciones, contactaron a un médico en el sur de Francia que, por US$1.028 en efectivo, les proporcionó una prueba genética que determinó que no estaban emparentados. Sin embargo, la desconfianza sobre la veracidad del resultado persistía. “Nos preocupaba que fuera un charlatán”, confiesa Audrey. La posibilidad de hacerse un test casero fue considerada, pero como abogada, ella optó por perseguir el camino legal. Desde 2010, inició acciones legales contra el sistema francés para averiguar la condición de su donante, incluyendo si aún deseaba permanecer en el anonimato y si Arthur podría ser su medio hermano. Todos sus intentos no prosperaron, y en 2015, el tribunal administrativo supremo de Francia desestimó su último recurso. Poco antes del nacimiento de su primer hijo, un médico accedió a investigar la información sobre sus donantes. A pesar de que la legislación impide compartir esos datos con los pacientes, el médico encontró que sus donantes tenían años de nacimiento diferentes, confirmando que no podían ser la misma persona. Audrey lamenta que “es completamente extraño” que un médico sepa más sobre su vida que ella misma. Aun con esta información, Arthur continuaba inquieto ante la posibilidad de que pudieran ser primos. Finalmente, decidieron realizar un test de ADN casero, el cual reveló que, efectivamente, no estaban emparentados. Resultados que llevaron a Arthur a contactar a su donante el día de Navidad de 2017, después de tres décadas de especulaciones. Pero la revelación más impactante para Audrey llegó con los resultados de los tests de ADN, donde identificó a una mujer llamada Sophie, a quien había defendido en los tribunales en un caso similar. “Descubrí que Sophie, una mujer cuyo caso yo había litigado, era mi hermana biológica”, relató Audrey. Junto a Arthur, ambos se sometieron a pruebas de ADN junto con otros ocho activistas que buscaban conocer sus orígenes. De los diez, cuatro compartían el mismo donante, reafirmando así el riesgo real de la donación anónima. Años después, un vínculo genético con un estadounidense llevó a Audrey a localizar a su donante, un hombre llamado Philippe, quien ya había fallecido. La madre de Audrey envió una carta a la familia de Philippe, agradeciéndoles su “regalo” que consideró “inconmensurable”. La familia de Philippe recibió a Audrey calurosamente, un encuentro emocional lleno de lágrimas. Su hermana, quien desconocía que él era donante, también participó de esa revelación. Alcanzar respuestas sobre su historia familiar significó un cierre para Audrey, quien ahora tiene acceso al historial médico de su familia biológica, junto a fotografías y video de Philippe, permitiéndole “verlo, observar cómo se movía y escuchar su voz”. La campaña legal de Audrey y el libro de Arthur han contribuido a provocar cambios en la legislación francesa para que las personas concebidas a partir de abril de 2025 puedan acceder a los datos de sus donantes al cumplir la mayoría de edad. Sin embargo, Francia sigue siendo uno de los escasos países en Europa donde los tests de ADN caseros están prohibidos, lo que subraya que para Audrey la lucha por los derechos de las personas concebidas por donación todavía continúa. “Toda persona tiene derecho a conocer sus orígenes y su historia”, sentenció.
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