Por lo tanto, al momento de la consulta médica, ni el paciente ni su familia pudieron identificar la causa del problema. No contaba con antecedentes de traumatismos, enfermedades previas ni presentaba otros síntomas como fiebre, pérdida de peso o fatiga. Estaba al día con las vacunas y su crecimiento y desarrollo eran normales, sin otro antecedente médico que pudiera ser relevante. La mancha en cuestión resultaba ser un enigma.
“El patrón de la lesión era distintivo, presentaba líneas entrelazadas que formaban círculos irregulares, con una morfología similar a un encaje. Los bordes eran imprecisos, difuminándose con la piel circundante y sin evidencia de descamación ni elevación”, se indica en el informe de la revista especializada British Medical Journal (BMJ) que documentó el caso en los Hospitales Universitarios de Leicester NHS Trust, en Reino Unido.
Posteriormente, el paciente mencionó que él y su hermano habían jugado a pelear una semana antes, cuando fue empujado contra una silla. Indicó que no había mencionado este hecho antes por temor a que su hermano tuviera problemas. Este antecedente llevó a los médicos a sospechar de una posible lesión traumática subyacente.
Sin embargo, una tomografía computarizada no mostró ninguna evidencia de lesión intraabdominal. Dado que el resto de las pruebas resultaron normales, el paciente fue dado de alta con un tratamiento de 5 días de amoxicilina-ácido clavulánico y recomendaciones de seguridad.
Varias semanas después, el adolescente regresó a consulta debido a una evolución de la erupción y un aumento de la sensibilidad. El examen físico reveló un aumento de la mancha, que ahora presentaba una zona marrón con un tono rosado, compatible con una lesión cutánea.
“Estos cambios llevaron a replantear el diagnóstico inicial de hematoma. Aunque en la primera evaluación no se identificaron fuentes de calor comunes, un interrogatorio más detallado reveló que el paciente recibía educación en casa y utilizaba un ordenador portátil de manera regular para actividades educativas”, añade el BMJ.
Sin embargo, el problema radicaba en la forma en que utilizaba el dispositivo. Según los informes, el joven apoyaba la computadora sobre su abdomen durante hasta 8 horas diarias, a menudo mientras la batería se encontraba en proceso de carga. Al llegar al diagnóstico de eritema ab igne (EAI), se tranquilizó a la familia sobre la naturaleza benigna de la lesión y se aconsejó al paciente evitar futuras exposiciones directas al calor.
La literatura médica sugiere que la EAI inducida por computadoras portátiles es un fenómeno más habitual en adultos y se reporta con menos frecuencia en niños. La mayoría de los casos documentados corresponden a exposiciones prolongadas al calor durante semanas o meses, afectando comúnmente la región de los muslos. “Durante la pandemia de Covid-19, los informes indicaban un incremento en los casos de EAI pediátrica relacionados con el aprendizaje remoto y el uso prolongado de dispositivos”, menciona el BMJ.
La EAI se produce por la exposición repetida a calor de baja intensidad, generalmente proveniente de dispositivos de calefacción. Se desarrolla cuando la piel se expone de manera prolongada a temperaturas de entre 43 y 47 grados Celsius, inferiores al umbral que causaría una quemadura aguda.
Este caso, analizado por el BMJ, subraya la importancia de considerar la EAI provocada por computadoras portátiles en niños con erupciones reticuladas. “La detección temprana puede prevenir diagnósticos erróneos, estudios innecesarios y una exposición evitable a la radiación”, concluye el informe.


























